Los propios ritmos son fuente de bienestar

¿Cuán acostumbrados estamos a estar bien?, ¿Qué tanto sabemos reconocer y permanecer en bienestar?

El mundo se mueve a un ritmo vertiginoso, estar llenos/as de ocupaciones, tener una amplia lista de pendientes y tener poco tiempo para desarrollar actividades suele ser una constante en la vida de muchas personas, es un hábito y cuando no se está de esa manera pareciera sentirse que algo no va bien.

Si se tiene tiempo libre, si no hay algo pendiente, si en el celular no hay notificaciones y pasan varios minutos sin que alguien contacte pareciera que algo no está funcionando como debiera, en ocasiones pareciera como si no se pudieran tomar las cosas con calma; paradójicamente solemos desear tiempo para el ocio.

El organismo tiene sus propios ritmos, ritmos de sueño, de alimentación, de descanso, de respiración, de latidos, entre muchos otros. Vivimos a través de ritmos. En el devenir los días nos hemos ido ajustando a patrones que pueden alterar nuestros ritmos naturales y así comenzamos a comer sin hambre, a no dormir, aunque tengamos sueño, a no descansar, aunque estemos cansados, a no compartir con otros, aunque lo necesitemos y, paralelamente empiezan a cobrar importancia asuntos que inicialmente nada tienen que ver con nuestro desarrollo, como tener largas jornadas de trabajo, estar despiertos por más tiempo, ingerir alimentos cuando no tenemos necesidad física de ellos o del tipo que no requerimos, entre otros.

Así, empezamos a identificar como fuente de bienestar a experiencias que en primera instancia deterioran nuestro estar bien. La vida es originada y sostenida por el equilibrio tanto en el universo como en nuestro organismo, no obstante, vemos como natural el necesitar y consumir cafeína u otras sustancias para mantenernos alerta, el necesitar y propiciar ocupación constante, el necesitar y comunicar frases como “muy ocupado/a”, “sin tiempo”, “muy cansado/a”.

Requerimos identificar qué necesitamos realmente, cuáles son los ritmos de nuestro organismo, qué es lo realmente importante para cada uno/a y, una vez lo identifiquemos necesitamos atenderlo. Aspectos básicos como saber cuál es nuestro ciclo circadiano y dormir la cantidad de tiempo que necesitamos, identificar cuándo tenemos y cuándo no tenemos hambre y comer lo que necesitamos y dejar de comer cuando ya estamos satisfechos, reconocer la cantidad de movimiento que nuestro cuerpo requiere y realizar actividad física, tener momentos de ocio, momentos de reflexión, en fin, escucharnos, identificar qué es lo que requerimos y seguir nuestros ritmos y aprender a generar y sostener el bienestar.

De igual manera, es posible compartir con los otros desde el propio bienestar, desde los ritmos muchas veces más pausados, desde el tener tiempo, desde momentos de ocio o de contemplación, desde la frugalidad, porque sorpresivamente, en la medida en que nos vamos regulando vamos notando que nuestro organismo es menos de excesos y más de conexión. Compartir y sostener relaciones reales y profundas puede ser un reto cuando se está desregulado.

Es así que identificar y seguir nuestros propios ritmos se vuelve una vía privilegiada para nuestro bienestar y favorece las relaciones significativas con los demás, solamente debemos tomarnos un respiro, escucharnos y atendernos dando a nuestro organismo un lugar de privilegio en las experiencias cotidianas de nuestra vida.

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